Abolishing Capitalist Totality (Reseña)
What Is to Be Done under Real Subsumption?
Este libro, comparable con una granada, fue publicado en 2026 por la editorial londinense Minor Compositions, fundada en la inteligencia colectiva. Es una ambiciosa antología, altamente esperada a lo largo de una década, cuya máquina de guerra, abusando de la terminología deleuzo-guattariana, traza líneas de fuga que se despliegan de la teoría comunista y el problema de la comunización —Théorie Communiste y Endnotes— a la filosofía crítica y el problema de la totalidad —Kant y Hegel—, desplegándose en torno a un concepto relativamente oscuro pero de enorme potencia: la subsunción en Marx, específicamente la distinción entre subsunción formal y subsunción real del trabajo como etapas de organización de procesos productivos en el capital.
Aunque el volumen gire, efectivamente, en torno al concepto de subsunción, según mi criterio los dos conceptos vitales que atraviesan la discusión, a lo largo de sus casi 600 páginas, son los de comunización y totalidad. La comunización, siguiendo la definición de Endnotes, es el proceso revolucionario entendido como la abolición inmediata de las relaciones sociales capitalistas —como el trabajo asalariado, el valor, el dinero y la propiedad privada— mediante la creación directa de formas de vida comunistas, sin etapas de transición ni mediación estatal. La totalidad, en sentido hegeliano, es la unidad dinámica y autosuficiente de todas las determinaciones de lo real, en la que cada momento particular solo tiene sentido en su relación interna con el todo, que se constituye y desarrolla mediante el despliegue dialéctico de sus propias contradicciones. Retener ambas definiciones nos ayudará a comprender la interfaz filosófica de nociones como clase, raza, género y otras desgracias, según se presentarán a continuación.
Marina Vishmidt, a cuya memoria se dedica el libro, aprecia en la paradoja de la autoabolición, presentada por Ray Brassier en su crítica a Endnotes, la unificación de los problemas del rechazo de toda identidad política previa —de género, de raza o de clase—, dado que la abolición revolucionaria aboga hoy por subvertir el contrato social en lugar de incluirse en este. Dice Vishmidt:
“Una de las más destacadas de estas abstracciones es la llamada paradoja de la autoabolición, que recientemente ha sido explorada por Ray Brassier. El sujeto de la abolición emerge a través de la lucha que la abolición implica, pero al mismo tiempo debe llegar a un punto en que la identidad militante que surge en la lucha tiene que eliminar su propia base en la sociedad que el movimiento quiere transformar o superar. Esta no es una situación que pueda resolverse fuera de la lucha misma, sino que continuará desplegándose dentro de ella como una dolorosa contradicción. ¿Quién es el sujeto que inicia la autoabolición y quién sale al otro lado de ella?” (436)
Para Brassier, la autoabolición solo escapa a su carácter paradójico mediante la racionalidad: eligiendo mediaciones emancipadoras guiadas por una regla autónoma, en clave kantiano-marxista del “ser genérico” (430-431). Pero el problema es material y no simplemente lógico: el horizonte de transformación siempre está determinado por las abstracciones reales que se pretende transformar. Si no se aborda la política de la subjetivación, la paradoja permanece concreta —como atestigua toda experiencia histórica de insurrección, revolución o autoorganización—, pues la subjetividad está siempre deformada por el poder.
Esto lleva a Vishmidt a mencionar otros frentes de lucha que son más sintonizados con el contexto latinoamericano, como por ejemplo el afropesimismo. La ‘tradición radical negra’ ofrece una vía alternativa para pensar la subjetivación como una nada generativa y no como afirmación de una identidad. Retomando el afropesimismo, Vishmidt propone que la experiencia histórica de expropiación de la subjetividad —el ser-mercancía, la negación de lo humano— produce una nada compartida que deviene sociabilidad y antagonismo. En diálogo con Deleuze1, esta nada no es pura negación sino potencia: una “vida en común” que emerge precisamente de la dispersión absoluta, de la contingencia de experimentar colectivamente la condición de negación como punto de partida para lo común. La abstracción real vivida en su grado cero no clausura sino que abre, de manera degenerativa y regenerativa a la vez, una forma de subjetivación irreductible a cualquier identidad positiva previa.
Al igual que la historia de los pueblos indígenas centroamericanos, la historia de la negritud es testimonio del hecho de que los objetos pueden y de hecho resisten.
La abolición, como una categoría de teoría y praxis revolucionaria, presenta problemas precisamente por no visibilizar las luchas minoritarias que son excluidas de la comunización. Pese a la incompatibilidad histórica entre las luchas de clase, las de género y las de raza, la autoabolición sigue pareciendo el modelo adecuado para superar estas formas sociales: así como la clase debe abolirse a sí misma, las mujeres deben organizarse como mujeres para superar su condición como mujeres. En este planteamiento de Vishmidt se aprecia en retrospectiva la contradicción en el movimiento dialéctico de lo indígena, ya que en varios contextos muchas comunidades autóctonas son oprimidas por medio del género, pero continúan organizándose como indígenas para garantizar, y no superar, su condición como indígenas.
El volumen reúne materiales históricos, ensayos originales, diálogos e intervenciones poéticas, organizados en cuatro grandes bloques. Dada la calidad, quisiéramos comentar cada una de las piezas, pero por motivos de extensión, nos limitaremos a una selección.
La introducción de los editores es larga y densa. Iles y Mattin parten del diagnóstico compartido de nuestra época: la sensación generalizada de que el capitalismo es inevitable, que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, parafraseando la famosa fórmula de Fredric Jameson popularizada por Mark Fisher.
El argumento central propone que, para salir de la parálisis político-intelectual, es necesario recuperar y profundizar el concepto marxista de subsunción, inicialmente un término filosófico que Marx transforma radicalmente para describir cómo el capital se apodera de las formas sociales existentes (subsunción formal) y las rehace a su imagen y semejanza (subsunción real). Los editores rastrean la historia del concepto desde Aristóteles, pasando por Kant y Hegel, hasta llegar a Marx y su uso en los “Resultados del proceso inmediato de producción, el ‘capítulo perdido’ de El Capital. La recuperación del concepto de subsunción va de la mano, ademas, con la Neue Marx-Lektüre, es decir, con la investigación de los manuscritos de los distintos borradores de Marx.
La introducción también mapea la recepción del concepto en el pensamiento marxista del siglo XX: el operaísmo italiano (Negri, Tronti), la ultra-izquierda francesa (Camatte, Négation), los debates latinoamericanos (Bolívar Echeverría, Liga Comunista 23 de Septiembre), y la corriente de la comunización (Théorie Communiste, Endnotes). El volumen intenta además poner en diálogo estas tradiciones con el afropesimismo, el feminismo descolonial, el antinacionalismo y los movimientos de abolición carcelaria y policial, preguntando si la subsunción puede ser una herramienta para pensar las mediaciones entre capitalismo, raza, género y clase, sin reducirlos entre sí.
Bloque I: Materiales históricos
La nota de Andrés Saenz de Sicilia sitúa la intervención del filósofo ecuatoriano-mexicano Bolívar Echeverría en 1983, cuando publica en la revista Cuadernos Políticos una selección de fragmentos de Marx sobre el concepto de subsunción, tomados de los manuscritos de 1861-63, distintos de los más conocidos “Resultados”. Saenz de Sicilia argumenta que Echeverría no buscaba simplemente divulgar a Marx, sino intervenir críticamente para romper con la lectura estadialista, que trata la subsunción formal y la subsunción real como fases históricas sucesivas excluyentes, apuntando hacia un uso simultáneo del concepto. Para Echeverría, dice Saenz de Sicilia, la subsunción es la mediación teórica que vincula las relaciones de producción capitalistas con el desarrollo de la tecnología, inscribiendo en los medios de producción mismos una forma particular de cooperación social que restringe las posibilidades humanas de acción y contestación.
El texto de Bolívar Echeverría es breve pero preciso. Introduce al lector, como ya anticipamos, en los manuscritos de 1861-63, señalando que en ellos aparece de manera articulada el concepto de subsunción del proceso laboral bajo el capital. La subsunción, en esta perspectiva, no es solo un mecanismo económico sino una necesidad social regresiva: la forma capitalista impone una lógica que no es neutral sino que perpetúa condiciones de dominación incluso cuando aparentemente moderniza o “desarrolla” la producción. Echeverría rechaza tanto el teleologismo de la revolución como destino inevitable y como pura negatividad inconcebible, apuntando hacia una teoría de la transición comunista que parta del análisis concreto de la subsunción en sus múltiples modalidades.
Federico Corriente contextualiza el surgimiento del grupo Négation en la ultraizquierda francesa de principios de los años 70, heredera del mayo del 68 y de los debates en torno a los Grundrisse y los manuscritos de Marx que circulaban en traducciones artesanales. Explica por qué este texto, la primera traducción al inglés del mismo, es fundacional para lo que luego se denominará corriente de la comunización: la tesis de que bajo la subsunción real el proletariado ya no puede afirmarse a sí mismo como clase trabajadora para destruir al capital, sino que debe abolirse a sí misma en el proceso revolucionario.
Así pues, “The Proletariat as Destroyer of Work” de Négation es el texto más extenso e históricamente significativo del bloque. Publicado originalmente en el primer número de la revista homónima de 1972, ocupa prácticamente la totalidad de este. Négation parte de una lectura rigurosa del ‘capítulo perdido’ de Marx para argumentar que la distinción entre subsunción formal —primera fase histórica, dominio aún incompleto del capital sobre el trabajo— y subsunción real —segunda fase, dominio efectivo y total— tiene consecuencias revolucionarias radicales.
El argumento radica en que bajo la comunidad material del capital, es decir, el estado de la sociedad completamente subordinada al capital en el que sus productos invaden todas las esferas de la vida, el proletariado ya no puede luchar afirmativamente por sus intereses como clase trabajadora. La socialización por el capital destruye la base sobre la que se asentaban el sindicalismo, los partidos obreros y el programatismo. La revolución, entonces, no puede consistir en la afirmación del trabajo liberado ni en la toma del poder estatal: debe ser la destrucción del trabajo como categoría, la abolición de la clase obrera como clase. En una cita: “El proletariado debe destruir esta función aboliéndose a sí mismo. Al hacerlo, produce la destrucción del trabajo humano individual en un sentido humanamente social; libera a la humanidad y a la naturaleza reconciliándolas, y sienta las bases de una actividad social productiva que puede definirse como el intercambio orgánico entre el ser humano social y la naturaleza” (123).Este texto, denso y riguroso, combina análisis económico marxista con conclusiones políticas que anticipan décadas de debate en la teoría del comunismo.
Roland Simon, uno de los principales teóricos de Théorie Communiste (=TC), ofrece un balance crítico del legado de Négation en “Afterword: Négation, From the Abolition of Labour to the Search for the Subject of the Revolution”. Reconoce la importancia fundacional del colectivo pero señala sus límites: Négation logró articular la necesidad de la autoabolición del proletariado pero no pudo resolver la cuestión del sujeto de esa revolución. Si el proletariado debe abolirse a sí mismo, ¿quién o qué impulsa ese proceso? Esta pregunta se responde con el concepto de ‘comunización’ en cuanto proceso mismo de la revolución, en el que, como ya dijimos, la abolición de las relaciones capitalistas ocurre directamente en la lucha, sin pasar por un período de transición o una afirmación previa de la identidad proletaria.
Bloque II: Argumentos
El ensayo “History , System and Subsumption” es uno de los filosóficamente más rigurosos del volumen. Saenz De Sicilia retoma su investigación doctoral sobre el problema de la subsunción en Kant, Hegel y Marx para explorar cómo el concepto media entre la dimensión sistemática y la dimensión histórica del pensamiento de Marx. El capital es, a la vez, un sistema con su propia lógica interna de reproducción ampliada y un fenómeno histórico sujeto a emergencia y decadencia. La subsunción es el mecanismo por el cual el capital subordina e incorpora formas sociales existentes, tanto en el nivel económico (relaciones de producción) como en el material (tecnología, técnicas, productos). Este autor argumenta que la subsunción no puede ser relegada ni solo al polo histórico de periodización ni solo al polo sistemático de lógica pura del capital: debe pensarse como concepto mediador entre ambos. El ensayo desarrolla también una lectura materialista de la subsunción que la separa de su herencia idealista kantiana y hegeliana, reinscribiéndola en la praxis humana viva:
“Es necesario, ahora como siempre, liberar al comunismo de los esquemas dialécticos de la necesidad que sancionarían su devenir histórico desde el presente capitalista como un ascenso preordenado u orgánico. La historia ha sido implacable a este respecto. La revolución ha quedado expuesta, no como una forma que subsiste en el contenido y que el destino o la necesidad empujarían hacia la concreción, sino como una tarea experimental y una lucha que los esfuerzos teóricos pueden apoyar pero no garantizar. Si Marx nos recuerda que el comunismo no es un estado de cosas sino un movimiento real, su dilema ineludible es qué formas sociales concretas buscará establecer ese movimiento, qué vida pretende construir desde las ruinas del orden actual.” (170)
Théorie Communiste ofrece, en “Real Subsumption and the Contradiction between the Proletariat and Capital: An Historical Approach”, una exposición sistemática de su teoría de la periodización de la subsunción real y sus consecuencias para la lucha de clases. El texto distingue entre el período del programatismo, que corresponde a la subsunción formal y a la primera fase de la subsunción real, desde comienzos del siglo XIX hasta los años 60 del siglo XX, y el período actual, en el que el programatismo ha colapsado porque el capital ha subsumido realmente la identidad obrera, destruyendo la base sobre la que se asentaban las organizaciones tradicionales de la clase trabajadora.
El programatismo es definido como la práctica por la cual el proletariado encontraba, en su movimiento de liberación, los elementos de una futura organización social positiva: el partido, los consejos, la dictadura del proletariado. Bajo la subsunción real generalizada, esta afirmación ya no es posible: la contradicción entre proletariado y capital solo puede resolverse mediante la comunización, es decir, la producción directa de relaciones comunistas en el proceso mismo de la revolución, sin período de transición. El texto concluye con el estado sobre el comunismo como abolición del valor y del trabajo asalariado.
Es momento de invocar “Wandering Abstraction” de Ray Brassier. Originalmente publicado en Mute en 2014 y desarrollado a partir de una ponencia en un simposio sobre aceleracionismo en Berlín (2013), este escrito es uno de los más influyentes e intelectualmente estimulantes del volumen. El punto de partida es la siguiente pregunta: ¿qué teoría de la abstracción social es necesaria para articular conocimiento cognitivo con práctica política emancipadora? Expresa sobre la paradoja de la abolición:
“Esta logicización de la realidad social explica por qué puede existir una contradicción entre lo que los seres humanos piensan y hacen en su relación consigo mismos, o entre lo que piensan y hacen al reproducir el capital. Pero esta logicización por parte de la forma-valor no es absoluta: se aplica a las actividades y prácticas humanas solo en la medida en que constituyen trabajo. Estas actividades y prácticas persisten dentro de la relación capital como fenómenos que ella ha incorporado pero no absorbido por completo. No son absorbidos del todo porque constituyen el proceso mediante el cual el capital absorbe el trabajo. La autorreproducción del capital está constituida por fenómenos que él mismo no puede reproducir, aun cuando reproduce el trabajo que, a su vez, lo reproduce a él. Así, la logicización de la realidad por parte del capital está ella misma condicionada por esa realidad; este es el baluarte contra el idealismo absoluto, que hipostasiaría al capital como un sujeto completamente autónomo y automoviente (causa sui), desligándose por completo de la realidad material.” (215)
Brassier contrasta dos posiciones: el aceleracionismo —especialmente en la versión de Srnicek y Williams— con las teorías de la comunización —especialmente Endnotes—, pasando por la figura de Jacques Camatte, cuya lectura de la subsunción real como “domesticación” de la humanidad por el capital lleva a proponer la salida de la comunidad humana de la comunidad del capital. Brassier argumenta que Endnotes tiene razón al rechazar la posibilidad de una salida: no hay exterior al capital porque el capital nos constituye. El ensayo concluye con una apuesta por una forma de racionalidad colectiva y auto-determinada que no caiga ni en el voluntarismo subjetivista ni en el objetivismo naturalista.
Neil Gray retoma el famoso concepto de “fábrica social” del operaísmo italiano y la tradición post-operaísta, desarrollado por Mario Tronti en su influyente texto de 1962, sometiéndolo a una crítica rigurosa desde la perspectiva de la geografía urbana y los estudios espaciales. El argumento es que la tesis de la fábrica social nunca fue plenamente desarrollada por el operaísmo por su descuido del análisis de la urbanización, el transporte y las comunicaciones como procesos que modifican las relaciones y fuerzas de producción. Gray propone recuperar la noción lefebvriana del “modo de producción del estado” y la producción del espacio como instrumento privilegiado de las estrategias de acumulación, para dotar de mayor concreción y rigor a la tesis de la fábrica social. El resultado es un ensayo que, sin abandonar el marco conceptual de la subsunción, le añade una dimensión espacial y geográfica frecuentemente ignorada en las teorías de la comunización.
El ensayo de Rob Lucas es otro de los filosóficamente más elaborados del volumen, situado como puente entre “False Totalities Don’t Have Exits”, incluido en el volumen en revisión, y la versión más desarrollada de “Error”, ambos de Endnotes. El problema central es el concepto de totalidad en el marxismo: ¿qué queremos decir cuando hablamos de la totalidad capitalista? ¿Es una totalidad saturada, que todo lo incluye y de la que no hay salida? ¿O es una totalidad incompleta, contradictoria, que contiene su propia negación?
Lucas recorre la historia marxista del concepto de totalidad desde Hegel, Lukács y hasta Althusser, señalando la ambigüedad constitutiva del término y sus usos polémico. Distingue entre “totalidades indeterminadas” (que todo lo abarcan vacuamente) y “totalidades determinadas” (que especifican sus límites y sus contradicciones internas). Argumenta que muchos usos del concepto de subsunción real caen en la trampa de la totalidad saturada, produciendo un callejón sin salida teórico: si el capital lo ha subsumido todo, ¿cómo es posible la revolución? Lucas propone superar este problema distinguiendo entre la unidad interna del capital como sistema de producción y las múltiples mediaciones contradictorias que operan fuera del proceso inmediato de producción.
Federico Corriente ofrece una arqueología de los encuentros y desencuentros entre la teoría de la comunización de la ultraizquierda y las tradiciones autónomas y libertarias de la izquierda española. El ensayo es, en parte, una historia intelectual y, en parte, un análisis de por qué España, a pesar de su rica tradición revolucionaria —la revolución de 1936, la huelga general de 1917, etc.—, careció de teóricos que pudiesen compararse con Luxemburgo, Pannekoek, Bordigas o Gorters.
La interesante posición de Corriente en “Spain and Communisation Theory: Past and Present” argumenta que esto se debe, en gran medida, al hecho de que la transición de la subsunción formal a la subsunción real en España llegó tardíamente, durante la “estabilización” franquista de finales de los 50 y los 60, cuando los debates teóricos europeos ya habían avanzado significativamente. El ensayo también analiza la recepción actual de la teoría de la comunización de grupos como Théorie Communiste y Endnotes en el contexto español y latinoamericano, con sus particularidades y sus limitaciones, repasando los principales momentos de otras agrupaciones como Movimiento Ibérico de Liberación, 15-M o ‘Indignados’, concluyendo con la siguiente afirmación: “La teoría es simplemente un momento necesario del carácter autocrítico de las luchas realmente existentes y, por tanto, participa de su naturaleza contradictoria. Lejos de invalidarla, aceptar el carácter incompleto de la teoría de la comunización es lo que le permite estar a la altura de aquello que describe” (322).
En cuanto situado en la experiencia centroamericana de la realidad, puedo decir que este texto de Corriente me resulta cercano, aunque notoriamente incompleto a la luz de las actuales luchas de los pueblos indígenas en países como Guatemala, donde este tipo de población expande la confrontación de clases sociales, abriendo una nueva dimensión de análisis cuando discutimos sobre resistencias auto-organizadas, las cuales son atacadas constantemente por el capitalismo a través de la perpetración de la desigualdad de género o raza.
“The Fantasy of Subsumption? Labour-Power and the Social (non) Relation” introduce una voz desestabilizadora en el volumen. Nadia Bou Ali parte de una confrontación entre las posiciones de Théorie Communiste y las de Endnotes sobre el alcance de la subsunción, pero lleva la crítica más lejos: pregunta si la propia categoría de subsunción no está construida sobre una serie de supuestos que dejan fuera dimensiones fundamentales de la reproducción capitalista, especialmente en lo que respecta al trabajo reproductivo, la fuerza de trabajo como mercancía sui generis, y las relaciones sociales —de género, raza, colonialidad— que no se reducen al proceso inmediato de producción.
Bou Ali argumenta que TC, al ubicar la subsunción exclusivamente en el proceso de producción, produce una ‘fantasía’, o sea, una totalidad teórica coherente en sus propios términos pero que deja sin explicar las condiciones sociales de reproducción de la fuerza de trabajo. Esta crítica tiene afinidades con el feminismo marxista y los estudios de la reproducción social, aunque Bou Ali la articula desde un horizonte filosófico más amplio.
Anthony Iles, uno de los coeditores, contribuye con “This Implies Nothing”, un ensayo que reconstruye la historia de tres conceptos —reificación, alienación y subsunción— en la trayectoria de la Escuela de Frankfurt, centrándose especialmente en Horkheimer y Adorno. El argumento es que estos tres conceptos, cuyas raíces se encuentran en Marx, han sufrido desplazamientos y mutaciones significativas a lo largo del siglo XX, convergiendo en torno a la noción de dominación total en la obra tardía de la Escuela. Iles detecta una paradoja: mientras que el concepto marxista de subsunción se refiere estrictamente al proceso de producción y mantiene una tensión entre la subsunción formal y la subsunción real, en la Escuela de Frankfurt tiende a ser reemplazado por una noción de dominación total que, paradójicamente, cierra el horizonte de la transformación. El ensayo es también una exploración de los vínculos entre la teoría crítica y las vanguardias artísticas, con una mirada hacia la posibilidad de recuperar perspectivas comunistas de este legado histórico.
En “Stirner, Marx and the Unreal Totality”, Andrei Chitu propone una intervención de austeridad conceptual contra los excesos teóricos. Chitu confronta dos posiciones aparentemente opuestas: el individualismo radical de Max Stirner (que libera al “Yo” de toda determinación social) y el cuasi-ontologismo de Adorno (que presenta al individuo como completamente dominado por el sistema capitalista). Argumenta que ambas posiciones caen en el error de la totalización ahistórica: Stirner sobreestima la libertad del individuo; Adorno sobreestima la coherencia y completud del sistema. Agrega: “Es significativo —para Marx— que en Stirner la comprensión de la generalidad como ilusión (epistémica) corresponda a una vacuidad de la ontología (social) en un extremo, y a una nada creadora, una inefabilidad productiva, la sustancia del yo, en el otro. El Yo se descubre a sí mismo disipando las ilusiones que él mismo se crea. El contenido de estas ilusiones —la ontología social— no parece tener ninguna relación con la vida del Yo. El Yo no es un objeto para sí mismo” (412).
Usando la crítica de Marx a Stirner en La ideología alemana como plantilla, Chitu propone una noción de autonomía relativa: el individuo no es ni libre-flotante ni epifenomenal. La totalidad capitalista es siempre incompleta, contradictoria, nunca plenamente presente en ningún momento dado. Esta incoherencia temporal de la totalidad es la condición de posibilidad real de las luchas políticas.
Marina Vishmidt aborda el problema central del volumen desde una perspectiva que combina la teoría feminista, el arte y la filosofía política: la paradoja de la autoabolición de Ray Brassier. Si el proletariado —o las mujeres, indígenas, negros o cualquier sujeto histórico constituido por una relación de opresión— debe abolirse a sí mismo en el proceso revolucionario, ¿quién lleva a cabo esa abolición?, ¿cómo se puede ser sujeto y objeto de la negación al mismo tiempo? A partir de corrientes como el afropesimismo, Vishmidt rearticula la susodicha paradoja de la autoabolición, problematizando la subsunción real desde diversas expresiones de la esclavitud.
El escrito, titulado “Procedures of Abolition and Several Paradoxes They Throw Up”, explora esta paradoja a través de varias figuras: la noción de autoabolición proletaria de Négation y Théorie Communiste, la abolición de las mujeres como clase en Monique Wittig o la abolición del género en Maya Gonzalez. Vishmidt argumenta que la autoabolición no es un movimiento simple sino un proceso largo y puntualizado por momentos de afirmación estratégica de identidades que son, en última instancia, indeseables. De tal suerte que: “La paradoja de la abolición es, entonces, una paradoja de la abstracción traducida en acción. Intenta esquivar tanto la subjetividad como la temporalidad —el logro histórico local y parcial de alcanzar lo universal. La dificultad es, por un lado, de orden lógico, pero también afectiva y social. Un sujeto colectivo puede ser la sustancia y el motor de la autoabolición, pero una vez conquistado en la lucha, resulta difícil desmantelarlo, especialmente en un mundo implacablemente hostil” (439-440).
El coeditor Mattin cierra el bloque de argumentos con un ensayo que intenta sintetizar y problematizar las discusiones precedentes sobre la autoabolición. Su punto de partida es la observación de que el capitalismo produce, simultáneamente, equivalencia genérica (el valor como abstracción universal) y fragmentación disociativa (la separación de los individuos entre sí y de su propia experiencia). Esta tensión entre unidad abstracta y disociación concreta bloquea nuestra comprensión del sistema. Mattin intenta aclarar las diferencias entre cuatro conceptos relacionados pero distintos: subsunción, abstracción real, reificación y determinación de forma. A través de la distinción marxista, reformada epistemológicamente por Brassier, entre “concreto-en-acto” y “concreto-en-pensamiento”, el ensayo problematiza la noción de autoabolición: ¿de qué “nosotros” estamos hablando?, ¿puede construirse una forma de negatividad determinada que no nos oblitere ni oblitere el planeta? El texto concluye que la noción de “nosotros” necesita ser radicalmente reconsiderada si queremos superar el poder universalizante del capital. Podemos encontrar en este escrito una muestra de lo que Mario Aguiriano llama, en su reseña a Social Dissonance de Mattin, “marxismo brassieriano”2
Bloque III: Diálogos
El siguiente texto por mencionar es la respuesta de Dimitra Kotouza al ensayo de Brassier. Kotouza rechaza el proyecto de Brassier de identificar formas sociales progresivas o elementos emancipadores, latentes en el presente capitalista, que deberían ser preservados en una futura transformación. Para Kotouza, esto reproduce una versión conservadora del concepto hegeliano de Aufhebung, que imagina el comunismo como la conservación y elevación de lo mejor del capitalismo —tecnología, racionalidad, ciencia—. Kotouza propone, en cambio, una comprensión más radical de la negación: el comunismo no puede localizarse en el presente ni puede construirse desde la identificación de sus premisas progresivas. La teoría debe producirse desde las luchas que tienen lugar hoy, cuando la noción de comunismo como progreso ha perdido toda validez social.
La réplica de Brassier, intitulada “Abolition and Aufhebung”, es rigurosa y filosóficamente exigente. Brassier defiende en estas líneas que la posición de Kotouza, al rechazar cualquier elemento emancipador localizable en el presente, cae en un subjetivismo voluntarista: si no hay premisas objetivas para la transformación, el cambio solo puede esperarse como un advenimiento indeterminado, catastrófico o mesiánico. Brassier argumenta que el Aufheben correctamente entendido no implica conservar los elementos progresivos del capitalismo, sino que las determinaciones históricas son siempre retrospectivamente identificables y esto no equivale a localizar el futuro en el presente.
La polémica Kotouza-Brassier es uno de los momentos más productivos del volumen porque pone en tensión dos concepciones de la negatividad: una que apuesta por la auto-determinación racional colectiva (Brassier) y otra que insiste en la irreductibilidad de la multiplicidad de deseos y conflictos en las luchas (Kotouza).
El apéndice del volumen contiene agradecimientos, un directorio de colaboradoras y colaboradores, una cronología del concepto de subsunción —que traza la historia intelectual y política del término desde los manuscritos de Marx hasta nuestro días—, una extensa bibliografía y un índice temático. La cronología es especialmente útil como mapa de navegación para quienes se aproximan por primera vez a este debate.
A lo largo del volumen aparecen textos de Anne Boyer, Lisa Jeschke, Em Heditch, Loss Choi, Danny Hayward, Sean Bonney —el libro también está dedicado a él— y Sacha Kahir. Estas intervenciones no son ornamentales: están estratégicamente ubicadas para interrumpir, desestabilizar y sublevar los argumentos teóricos.
En síntesis, Abolishing Capitalist Totality es un libro verdaderamente retador, que exige del lector o la lectora una particular familiaridad con Marx, la tradición post-marxista, la extrema izquierda francesa e italiana y la filosofía crítica alemana. Pero también es un libro necesario. Su mayor mérito es reunir, por primera vez en inglés, una constelación de textos y debates que habían permanecido dispersos, inaccesibles o encerrados en tradiciones nacionales separadas. La primera traducción al inglés del texto de Négation de 1972 es, por sí sola, un acontecimiento en el sentido badiouniano del término.
Las tensiones del volumen son sus mayores virtudes: el debate entre periodización histórica (TC) y crítica de la totalidad (Endnotes), entre negatividad determinada (Brassier) y apertura a la multiplicidad (Kotouza), entre la tradición comunista eurocéntrica y las críticas del afropesimismo, el feminismo y el pensamiento descolonial, quedan abiertas y son productivas. No hay síntesis fácil, lo que es intelectualmente honesto dado el estado actual de las luchas y la teoría. Lo que sí queda claro es que el concepto de subsunción, recuperado, complejizado y problematizado en estas páginas, ofrece herramientas genuinas para pensar la forma específica en que el capital se apodera de la vida social, sus límites, sus contradicciones y los puntos desde los que una praxis de abolición puede articularse.
Para comprar/descargar el libro.
Cf. Andrew Culp, Dark Deleuze, University of Minnesota Press, 2016.
Mario Aguiriano, 'Estranging Capitalist Estrangement', Radical Philosophy 212, Spring 2022, pp. 93–96.




